sábado, 30 de diciembre de 2017

Contestación a quienes publican sobre los "desastres" del gobierno de Cristina Kirchner

Por Guillermo Newbery
Publicado en su Facebook el 24 de diciembre de 2017 

La deuda operativa de 207 mil millones sería bueno que la explicaras, porque yo, como economista, no entiendo a qué te referís, no parece una crítica seria... Los 10 mil millones de dólares de default eran con lo fondos BUITRE, que estaban en litigio político y jurídico, incluso en las Naciones Unidas, fondos los cuales financiaron gran parte de la campaña del PRO, por lo cual no solamente se les pagaron los 8 mil millones, sino 26 mil millones de dólares...

Libros. De Yrigoyen hasta Perón

Revista Periscopio
(Supuestamente escrito por Ramiro de Casasbellas)
Publicado el 06 de junio de 1970

La semana pasada volvía a su casa de Amherst, a su cátedra en la Universidad de Massachusetts; estuvo aquí cinco meses y sólo algunos argentinos se enteraron de su presencia. Sin embargo, Robert A. Potash* (48, casado, dos hijas) es el autor de una sólida contribución a la historiografía nacional: The Army and Politics in Argentina, 1928-45, Yrigoyen to Perón**.

El 28 de diciembre de 2017 muere Fernando Birri padre del nuevo cine latinoamericano

Fernando Birri (1925-2017) fue un cineasta visionario
Un señor muy viejo con unas alas enormes

Por Luciano Monteagudo
para Pagina 12
Publicado el 28 de diciembre de 2017

Considerado el padre del Nuevo Cine Latinoamericano, el director de Tire dié y Los inundados falleció en la noche del miércoles en Roma, a los 92 años. Creó la mítica Escuela Documental de Santa Fe y, en Cuba, la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños.
Fernando Birri, un hombre pleno de humor y de ideas y entregado, hasta el último aliento, a la esperanza y la utopía. 

Como alguna vez lo describió su amigo, el poeta español Rafael Alberti, salió “de aquel río, de sus largos e internos litorales” y desde las orillas del Paraná de su Santa Fe natal se desplegó al mundo con su cine y su poesía, enraizada en el sur del continente americano, pero sin reconocer otra frontera que no fuera la de la imaginación. “Ciudadano del cosmos”, gustaba definirse a sí mismo. Fernando Birri –fallecido ayer a los 92 años en Roma, donde vivía-- fue una figura legendaria, padre del llamado Nuevo Cine Latinoamericano no sólo por algunos films que hicieron historia –empezando por el fundacional Tire dié (1958)-- sino también, y muy especialmente, por su eterna vocación docente, que comenzó muy temprano y de la que se nutrieron varias generaciones de todo el mundo.

Nacido en la ciudad de Santa Fe el 13 de marzo de 1925, Birri incursionó, siendo todavía niño, en el teatro de títeres y luego en la actuación y la poesía. El cine lo flechó con Ladrones de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica. Descubrió el neorrealismo y, gracias a unos ahorros conseguidos como marinero de una barcaza del Paraná, sumados a una colecta de sus amigos, fue a estudiarlo a sus fuentes. En 1950 ingresó al Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, donde conoció no sólo a De Sica y a Cesare Zavattini sino también a un entusiasta grupo de latinoamericanos llegados con su mismo interés: el colombiano Gabriel García Márquez, el brasileño Nelson Pereira dos Santos, el cubano Tomás Gutiérrez Alea, que como el propio Birri todavía no eran quienes llegarían a ser. Allí filmó unos ejercicios en forma de cortometraje y unos años después estaba de regreso en Santa Fe, con una certeza: “No me cansaré de repetir que antes que un estilo cinematográfico el neorrealismo es una actitud moral”.

Lo que aprendió en Roma no sólo quiso ponerlo en práctica sino también difundirlo, compartirlo. Y lejos de la “cabeza de Goliat”, como llamaba Martínez Estrada a Buenos Aires, creó en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) la hoy mítica Escuela Documental de Santa Fe. De allí sale, como un trabajo colectivo entre el docente y sus alumnos, el famoso Tire dié, un corto de apenas 33 minutos que se convirtió en piedra basal de una manera de ver la realidad, ausente tanto en el llamado “cine de los teléfonos blancos” como en las experiencias vanguardistas porteñas, antípodas en las que se dividía el cine argentino de entonces. En estas mismas páginas, Osvaldo Bayer describió espléndidamente ese film y su impacto: “Un documental sobre los niños pobres santafesinos. Yo cuando era chico había sido testigo de esa pobreza. Ya vivía en Buenos Aires, pero iba a pasar las vacaciones a Santa Fe. Y cuando el tren cruzaba el puente sobre las aguas a la entrada de esa ciudad se producía el acontecimiento. Llegaban corriendo los niños de los alrededores, pobrísimos, e iban acompañando el tren que disminuía su marcha. Ellos iban saltando por los durmientes, gritándoles a los pasajeros que abrían las ventanillas para mirarlos, ‘tire dié’ para que les arrojaran una monedita de diez centavos con las cuales podían comprarse un pancito en aquellos tiempos. Los pasajeros hacían puntería con las monedas de manera que pudieran ser alcanzadas por las manos de esos arriesgados pedigüeños de pantaloncitos parchados. Como pasajero fui testigo de todo eso, muerto de miedo yo, pensando que esos niños podían tropezar con los durmientes y caer a las aguas profundas. Todo un espectáculo y Birri lo filmó para la eternidad de esos momentos argentinos”.

            Al año siguiente, impulsado por su amor por el dibujo y la pintura (otra de las prácticas artísticas que cultivó), Birri encontró un cómplice en León Ferrari, que fungió como productor, y se atrevió con un film de animación, La primera fundación de Buenos Aires (1959), sobre la desopilante ilustración que hizo el recordado Oski de la crónica de Ulrico Schmidel. El corto, de 35 minutos, pasó inadvertido en el Festival de Cannes, pero tres años después Birri tendría revancha en la Mostra de Venecia, donde resultó premiado su primer largometraje de ficción, Los inundados (1962), que es también, como Tire dié, un mojón no sólo del cine argentino sino latinoamericano.

Con un estilo que por realista no reniega del humor y la picaresca, Birri narraba en su opera prima una historia que tristemente sigue siendo actual en Santa Fe, salvo por el hecho de que ahora ni siquiera hay trenes de carga: la de una familia muy pobre que, corrida por las aguas, busca refugio en un vagón de ferrocarril. Afecto a la reflexión teórica como inseparable compañera de la praxis, Birri redacta entonces uno de sus tantos manifiestos, que ya en su título es toda una declaración de principios: “Por un cine nacional, realista, crítico y popular”.

            Su influencia comienza a cobrar dimensión continental. En compañía del productor Cacho Pallero, en 1964 ayuda a fundar la Escuela Documental de San Pablo, en Brasil, de la que saldrían cineastas de la talla de Geraldo Sarno y Vladimir Carvalho. Luego viaja a México, donde se reencuentra con García Márquez, y de allí salta a Cuba, donde por falta de recursos no alcanza a desarrollar una unidad de cine-móvil, con la que pretendía recorrer la isla. Vuelve a Roma, donde inicia un proyecto de coproducción con Argentina, a partir de una novela de Vasco Pratolini, pero la dictadura militar de Juan Carlos Onganía la aborta y Birri se queda en Italia, donde inicia un film monumental, que le llevaría más de diez años de trabajo y que refleja el desgarro del exilio: ORG (1967-1979). Restaurado por el Forum del Cine Joven de la Berlinale, en febrero pasado, y luego exhibido en abril en el Bafici, ORG era considerado por Birri un “Manifiesto del Cosmunismo o Comunismo Cósmico” y abogaba por “un cine cósmico, delirante y lúmpen”.
García Márquez y Birri en San Antonio de los Baños, Cuba, 1986.

 Siempre saltando de un lado al otro a causa del exilio (“Los golpes de estado son más veloces que yo”, solía decir), en 1982  Birri creó en España el Laboratorio Ambulante de Poéticas Cinematográficas, del que salió su documental Rafael Alberti, retrato del poeta (1984), donde recuperaba una amistad que venía de 1950, cuando se habían conocido en Buenos Aires. Le siguió el corto Remitente Nicaragua: carta al mundo (1985) y el largo Mi hijo el Che (1985), sobre Ernesto Guevara Lynch, “doble retrato, donde retratando al padre se retrata al hijo”, en palabras del propio Birri.

            Entretanto, se reencuentra con la nueva Argentina democrática, pero vuelve a poner proa hacia Cuba, donde encara junto a su amigo Gabo uno de sus proyectos más ambiciosos, todavía vigente: la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Inaugurada en diciembre de 1986, con Francis Ford Coppola entre los invitados en primera fila, la Escuela también tiene su manifiesto, titulado “Por un cineteleasta de Tres Mundos en el 2000: Trabajadores de la luz”, que concluye con una invocación: “Larga vida a la Utopía del Ojo y de la Oreja”.

Pleno de energía, simultáneamente Birri se lanzó al rodaje de Un señor muy viejo con unas alas enormes, adaptación del relato homónimo de Gabriel García Márquez que culminaría recién en 1988. Una década más tarde, le seguiría el documental El siglo del viento (1999), basado en el tercer volumen de Memoria del fuego, de Eduardo Galeano y con el propio Galeano como narrador, un film en su momento muy castigado por la crítica, que vio allí una mirada ingenua y anquilosada de América latina. Su último largometraje, El Fausto criollo (2011), adaptación de la sátira gauchesca de Estanislao del Campo, no llegó siquiera a estrenarse. Sin embargo, en el documental Ata tu arado a una estrella, que Carmen Guarini estrenó en noviembre pasado en el Festival de Mar del Plata, se veía a Birri en Roma como siempre fue: un hombre feliz, pleno de humor y de ideas y entregado, hasta el último aliento, a la esperanza y la utopía.

Fernando Birri por Rafael Alberti

Saliste de aquel río,

de sus largos e internos litorales.

En donde casi pierde las orillas.

gran Paraná argentino,

de ciudades y selvas,

insomnes yacarés, pájaros arcoiris,

troncos resbaladores por sus aguas,

hombres en soledad o fustigados.

Todo aquello por siempre permaneció en tus ojos

hasta el día en que luego, algo más tarde,

lo volcaste en la luz, en las movidas

susurrantes penumbras de las sales del mundo.

Hoy,

con tus llovidas barbas de monje tibetano.

Tu recogida trenza y altura conseguida,

puedes mirar, mirarte

y ver cómo te miran y sienten al unísono

en tus vivos espacios de imágenes tangibles.

Rafael Alberti, Madrid, 1983

Fuente: pagina12.com.ar

Muere Fernando Birri, padre del nuevo cine latinoamericano

Por Mar Centenera
para El País (España)
Publicado el 29 de diciembre de 2017

El argentino Fernando Birri, el utópico andante, padre del nuevo cine latinoamericano, murió a los 92 años en Roma, donde vivía con su mujer. Su fallecimiento, debido a un paro cardiorrespiratorio, tuvo lugar en su casa a última hora del miércoles, según informaron allegados al director.

Birri nació en la ciudad de Santa Fe, casi 400 kilómetros al norte de Buenos Aires, el 13 de marzo de 1925. Procedente de una familia de artistas santafesinos, Birri destacó primero como pintor, poeta y tirititero antes de decantarse por el cine. En 1950 viajó a Italia para ingresar en el Centro Sperimentale de Cinematografía de Roma, con Vittorio De Sica y Luigi Chiarini como su grandes influencias.

Imbuido de cine social, Birri regresó a Argentina en 1956 y creó el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral en su ciudad natal, donde dio sus primeros pasos como director. Primero, con el documental Tire Dié (1960) y un año más tarde con la ficción Los Inundados, ganadora del Festival de Venecia como mejor opera prima. "Y ahora... quién sabe cuándo vendrá inundación", se lamentaba el protagonista de la película, Gorosito Gaitán, en la escena final. Lo que iba a llegar era un cambio de rumbo del cine de América Latina, al que con los años se sumaron directores como el brasileño Glauber Rocha, el cubano Tomás Gutiérrez Alea y el chileno Raúl Ruiz, entre otros.

Como formador de cineastas, intensificó el trabajo iniciado en Santa Fe en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños de Cuba, que fundó junto a Gabriel García Márquez en 1986. Dos años después, adaptó un cuento del Nobel colombiano Un señor muy viejo con unas alas enormes y fue director de la escuela hasta los noventa.

Se nos fue el padre del documental latinoamericano, Fernando Birri, aquí junto a George Lucas y Coppola. Para muchos él más grande referente artístico y ético del cine de nuestro continente. No puedo evitar la tristeza, se sube al tren y parte con sus inundados para siempre. pic.twitter.com/hNhEXZaw2G

— Juan Chiesa (@chiesajuan) 28 de diciembre de 2017
La filmografía de Birri está cruzada por el compromiso social a través de una gran variedad estética y estilística que incluye documentales biográficos -como Rafael Alberti, un retrato del poeta (1983); Mi hijo el Che - Un retrato de familia de don Ernesto Guevara (1985) y Che: ¿muerte de la utopía?- ficciones y películas experimentales como Org (1976). Además de filmar, mantuvo su afición a la escritura y a la pintura. "Es un artista del Renacimiento en el siglo XXI", lo definió el boliviano Humberto Ríos tras rescatar su figura en 2013 en el documental El utópico andante. 

En 2008 Birri donó toda su obra, incluidas películas y escritos a un fondo con su nombre en la Biblioteca de la Universidad de Brown, asociada con la Rhode Island School of Design de Estados Unidos. En 2011 firmó su último largometraje, Fausto criollo, y anunció que saldaba así la vieja deuda de dirigir una película de temática histórica. Alejado de la dirección, dos años después aceptó protagonizar Paisajes devorados, la última película de Eliseo Subiela, fallecido en 2016.

"Para muchos él más grande referente artístico y ético del cine de nuestro continente. No puedo evitar la tristeza, se sube al tren y parte con sus inundados para siempre", escribió en las redes sociales el realizador Juan Chiesa. "Abrió los caminos de un nuevo cine latinoamericano que asumiendo su identidad, reflejó y marcó las luces y sombras de la región a través de los inconfundibles cineastas y sus películas surgidas de la influencia de quien se convirtió en el gran maestro", señaló la asociación Directores Argentinos Cinematográficos en un comunicado.

Fuente: elpais.com

Fernando Birri: "Lo nuevo no existe, hay que fundarlo"

Por Arantza Elu
para El País (España)
Publicado el 15 de diciembre de 1982

Fernando Birri tenía diez años cuando fundó en Argentina El Retablillo de Maese Pedro, un teatro de títeres ambulante. Fue en 1935. Hoy, nuevas experiencias artísticas y cinematográficas deben su paternidad a este hombre, que se confiesa atraído por lo nuevo. Y el cine latinoamericano, por el que apostó, desde la escuela de Santa Fe, su ciudad en Argentina, tiene ya veinticinco años de historia. Desde Bilbao, donde ha actuado como miembro del jurado internacional en el 24º Festival de Cortometraje y Documental y ha exhibido su cinematografía -Tire die, La pampa gringa, Org...-, reflexiona sobre su permanente búsqueda, que le mueve a decir: "El lenguaje del cine se ha quedado atrás".


"A mí me gusta lo nuevo; como lo nuevo no existe, hay que fundarlo". La idea de Birri explica la génesis de su obra y, en definitiva, su trayectoria vital. Con ella nacieron la Escuela de Cine de Santa Fe y el documental Tire die, Ia primera encuesta social filmada en Latinoamérica en 1958"."Estábamos en los principios del cine latinoamericano, aunque en aquel momento no lo veíamos tan claro, pero sabíamos que nuestro trabajo respondía a las exigencias del momento. Había algo muy sutil en el pasado que nos movía a interpretar el aire del presente. Es un momento en el que se plantean muchas preguntas que nunca tienen respuesta. Yo no creo en las cosas hechas, en las recetas. A veces no hay más remedio: se sabe lo que no hay que hacer y se desconoce lo que hay que hacer".

Birri y sus colaboradores rechazaban en aquel momento el cine "populista y culterano" dominante en Latinoamérica, y se manifestaban a favor de un cine "nacional, realista y crítico".

Fuente: elpais.com

El cine nunca duerme

Por Carlos Marañon
para El País (España)
Publicado el 11 de diciembre de 2010

Casi como en la aldea de Astérix. Rodeada de tentaciones y herida de muerte por un sistema político que agoniza, la utopía resiste aún en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV), un reducto, casi un búnker para sueños a unas pocas decenas de millas de Estados Unidos , con su Hollywood, su televisión por cable y sus dólares.


Hasta 1986, San Antonio era la villa de nacimiento del cantautor Silvio Rodríguez. Entonces llegó un grupo de intelectuales encabezado por Gabriel García Márquez y Fernando Birri. Allí crearon la Fundación Nuevo Cine Iberoamericano, una escuela donde el cine social se ha hecho fuerte incluso a pesar de las estrecheces de la vida en Cuba . Hoy, esta tranquila población de 50.000 habitantes que ofrece el respiro que da el campo a los países en crisis, a escasos 40 kilómetros de La Habana (aunque los kilómetros cubanos, como las horas cubanas, miden distinto), está en el mapa gracias al cine.

A la escuela se llega antes preguntando que siguiendo las escasas señales, desesperantes como en el resto de la isla. Entre prados abandonados y vegetación tropical nos aguarda un edificio racionalista (el toque soviético aguanta), al que se accede como si fuese una embajada. Más de 100 estudiantes internos de todo el mundo (los eicetevianos, habitantes de este universo cinéfilo, divertido, solidario y pedante) y otros alumnos de talleres temporales mantienen, junto a los profesores y el personal de la escuela, la llama de la utopía cinéfila en la isla. Ayudan las frases que los visitantes célebres dejan en las paredes -"love what you do" (ama lo que haces), dejó un soso Spielberg- y que compiten con las de los alumnos. Aquí estudiaron los cineastas españoles más solitarios, Benito Zambrano (Solas) y Jaime Rosales (La soledad), entre otros ilustres del cine latinoamericano actual.

Arte que no descansa
La escuela mantiene el espíritu libre gracias a las proyecciones en la sala Glauber Rocha, y también a la piscina, casi olímpica, que regaló Francis Ford Coppola a la institución tras garabatear en sus muros: "Art never sleeps" (el arte nunca duerme). Entre ambos polos oscilan estudiantes y maestros en esta especie de Gran Hermano cinemaniaco sin nominaciones en el que viven, algo ajenos a los problemas que azotan al país. Las palmeras de la utopía cinéfila no les dejan ver la Cuba real. El mundo les espera.

Hemos visto poco de Cuba a través del cine, y no porque el cine cubano no sea digno. La razón es sencilla: conocemos el mundo gracias al cine norteamericano, y las cámaras de Hollywood prácticamente no entran en Cuba desde la revolución, en 1959. La isla es suplantada por paisajes caribeños de Florida o por la República Dominicana en filmes como El padrino II, recreando la caída de Batista, o Havana, con Robert Redford. Carol Reed fue el último: logró permiso para rodar Nuestro hombre en La Habana en 1959 tras la llegada de los barbudos de Fidel Castro a la capital. Por delante del Capitolio pasea, acalorado, Alec Guinness, que se refresca en el mismísimo Tropicana; mientras el Malecón habanero luce casi idéntico a hoy, sin derrumbe alguno.

Pero hay vida para el cinéfilo lejos del cine made in USA: desde San Antonio de los Baños, la utopía se devuelve al mundo en forma de películas de sus antiguos alumnos, pero también se esparce en escenarios físicos como los cines de La Habana, que resisten, cochambrosos, con un público que a nuestros ojos parece de cine de verano y que todavía va a las salas como la única salida a cualquier día gris. Aguantan en pie cines como el Karl Marx, en Miramar; o el Yara, tan kitsch en pleno barrio del Vedado, junto al concurridísimo hotel Habana Libre; o el pintoresco Payret, frente al Capitolio, con sus rótulos a la americana y sus letras corpóreas de los años cincuenta, de cuando Spencer Tracy aún rodaba por aquí, en la cercana bahía de Cojímar, la adaptación de la novela de Hemingway El viejo y el mar.

Wim Wenders, en su paseo musical por Cuba , además de mostrar un Malecón cadencioso, como el de los dibujos de Juan Padrón en el filme animado Vampiros en La Habana, nos dejó la estampa de la Escuela Nacional de Danza, en Prado (paseo Martí), un edificio colonial de amplios ventanales, rescoldos de esplendor para Buenavista Social Club. Más allá del Malecón, Fresa y chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea, Titón, y Juan Carlos Tabío, nos lleva a tomar helado junto a dos homosexuales en apuros por la represión castrista en Coppelia, postre ineludible de la ciudad. La ruta cinéfila por La Habana acaba, cómo no, en su necrópolis: en el cementerio de Cristóbal Colón se embarulla otra de las más grandes comedias de Alea: La muerte de un burócrata se reía entre dientes de la estupidez del Vuelva usted mañana del régimen.

Fuente: elpais.com

Hasta siempre, Fernando Birri, cineasta de los sueños

Por Violeta Bruck
para La Izquierda diario
Publicado el 28 de diciembre de 2017

Cineasta, poeta, artista, documentalista, actor, militante, pionero, titiritero, escritor, agitador, amigo, maestro, compañero, todas estas palabras y más caben en la descripción de Fernando Birri, un artista argentino comprometido con su tiempo, que sin duda dejó una huella e influencia enorme para muchas generaciones.

Luego de realizar estudios en Roma en el Centro Sperimentale di Cinematografía, en 1956 regresó a Santa Fe para fundar el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. Esta escuela se caracterizó por estar orientada principalmente al cine documental, basada en conceptos que incorporó del Neorrealismo Italiano. Allí, junto a sus estudiantes, en 1959 realizan el cortometraje Tire Dié que marca el inicio de un nuevo cine argentino (político, militante, comprometido o revolucionario, según lo llame cada quien) y es parte de los primeros impulsos del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano. En este film presentado como la "primer encuesta social filmada" se registra la acción de los niños que corren el tren pidiendo que le tiren unas monedas, a través de esta acción la mirada se amplía para dar cuenta de un contexto social de profunda desigualdad basada en datos estadísticos que fortalecen también la denuncia. Tanto la forma de realización, colectiva y en el marco de un proceso de aprendizaje, como la temática elegida y el punto de vista crítico y comprometido, constituyen una irrupción singular y original en el panorama del cine nacional de la época inmerso en los códigos de la industria. Es la primera vez que se plantea una realización independiente de este tipo.

La experiencia de la escuela del litoral aporta una formación crítica y se aborda la realización cinematográfica desde un punto de vista de compromiso ideológico que a partir del análisis de la realidad toma partido por los explotados y oprimidos. Otra producción destacada de la escuela es la ficción Los inundados (1961), con gran influencia del neorrealismo italiano esta película logró conquistar una importante audiencia.

La filmografía de Birri está cruzada por una variedad estética y estilística muy grande, comprometido con las luchas latinoamericanas y el antimperialismo, con un cuestionamiento político y estético a la maquinaria de Hollywood. Documental, ficción, películas experimentales, cortos, largos, entrevistas y puestas teatrales, todas las formas posibles dan lugar a su poesía. Como formador continuó el trabajo pionero de Santa Fe en la Escuela Internacional de Cine y Video de San Antonio de los Baños, Cuba. Entre sus enseñanzas plantea el cuestionamiento a los géneros que encasillan el cine y así aporta nuevas formas como el Doc Fic o Fic Doc, donde la ficción y el documental se entremezclan y entrelazan, se funden, porque lo que importa no es encasillar al cine sino liberarlo.

Como rescata la película "BirriLata" Fernando llena de entusiasmo a nuevas generaciones de jóvenes realizadores a quienes convoca a soñar, a enfrentar el imaginario de la ideología dominante y a convertirse en "militantes de la imagen". Desafía a las nuevas generaciones de cineastas con una pregunta "¿Y cuáles son los sueños que aún no hemos soñado?"

Desde hace ya varios años en Argentina una nueva generación de cineastas y documentalistas se identifica y referencia con su experiencia. Para la muestra por los 10 años de DOCA (Documentalistas Argentinos) en 2016 Fernando envió un emotivo mensaje en video y el 27 de mayo de este año, para el día del documentalista se le realizó un homenaje en el Cine Gaumont en donde se proyectó la película Los Inundados restaurada. Para esta ocasión envió unas palabras y retomando parte de sus escritos en el primer Manifiesto de Santa Fe remarcó:

"A mediados de los años 50 (para la precisión en 1955) cuando en nuestra Argentina ni se sabía muy bien lo que se entendía con la palabra “documental”, supimos escribir: “Tal la función revolucionaria del documental social en Latinoamérica. Al testimoniar como es nuestra realidad –nuestra subrealidad, nuestra infelicidad-la niega. Reniega de ella. La denuncia, la enjuicia, la critica, la desmonta. Porque muestra las cosas como son, irrefutablemente (y no como nos quieren hacer creer que son). Y el cine que se haga cómplice de esta mentira, de este subdesarrollo que denunciamos, es subcine. Como equilibrio a esta función de “negación”, el documental cumple otra de afirmación de los valores positivos de esa sociedad: de los valores del pueblo. Sus reservas de fuerzas, sus trabajos, sus alegrías, sus luchas, sus sueños”. Y si hoy lo recordamos, atropellado por tantos y tantos bellos y valientes documentales actuales que ennoblecen la cinematografía nacional, es sólo para confirmar –desafiando cualquier burocrático enfrentamiento- la salud de nuestras cámaras y grabadoras..."

Y agregando una reflexión sobre la situación actual de ataques y recortes al cine nacional e independiente que encontró este año una comunidad movilizada sumó una importante definición para los tiempos que corren: "..."la cultura es un derecho y no un negocio de las grandes productoras” y ergo que nuestro cine debe estar en manos de sus realizadores y trabajadores audiovisuales."




Jakob Fugger, "el hombre más rico de la historia", del que quizás nunca escuchaste hablar


Si viviera hoy, Jakob Fugger (1459-1525) sería más rico que Bill Gates, Warren Buffet, Carlos Slim y Mark Zuckerberg combinados.

viernes, 29 de diciembre de 2017

el 29 de diciembre de 1976 es secuestrado por la dictaduraJorge Fernando Di Pascuale, dirigente del Sindicato de Farmacia


Daniel Alberto Chiarenza


Jorge Fernando Di Pascuale nació el 28 de diciembre de 1930 en Buenos Aires. Jorge fue un dirigente sindical que se destacó como representante de los trabajadores de farmacia y militante del peronismo.

Comenzó su carrera sindical como delegado del personal en la Farmacia Franco Inglesa. Di Pascuale, como miembro de la Asociación de Empleados de Farmacia (ADEF), pasó al primer plano del sindicalismo argentino luego del golpe de Estado que derrocó al presidente Juan D. Perón en 1955, destacándose en el período de la Resistencia peronista.

Robespierre: Ni tirano ni verdugo

Por Alexis Corbière*
para L´Obs, nº 2768 (Francia)
Edición del 23 al 29 de noviembre de 2017


Inquirido por el semanario parisino L´Obs a que realizara una breve defensa de la figura de Maximilien Robespierre, Alexis Corbière, su más significado valedor contemporáneo, que ya como concejal del distrito XII de París había pedido infructuosamente que se le dedicase una calle, resume sus méritos en unos pocos párrafos.

jueves, 28 de diciembre de 2017

EE UU, modelo racial de la Alemania nazi

Por David Mikics
para Tablet Magazine (EEUU)
Publicado el 20 de marzo de 2017

Un libro de reciente aparición, Hitler´s American Model [Princeton University Press, 2017], de James Q. Whitman, argumenta de modo convincente que las medidas políticas de Hitler se inpiraron en el racismo institucionalizado en los Estados Unidos y el pragmatismo de su Derecho consuetudinario.   

La fábrica argentina que diseñó algunos de los aviones de combate más sofisticados del mundo

Por Luis Fajardo
para BBC Mundo (Gran Bretaña)
Publicado el 27 diciembre 2017

Las intervenciones de América Latina en el mundo de la industria aeronáutica han sido escasas y no siempre afortunadas.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Perón y el FMI

Juan Domingo Perón
Del libro”La Economía Social Según Juan D. Perón” (1947-1974) compilado por Juan J. Balati. Editorial de Belgrano.

De Hitler, prostitutas y diésel: la polémica historia de Volkswagen

Edificio de Volkswagen
Volkswagen: orgullo de muchos, vergüenza de otros.

BBC 
29 de septiembre de 2015

No es la primera vez que Volkswagen está en boca de todos por malos hábitos.
A pesar de haber sido un apreciado símbolo de la economía social de mercado alemana, la compañía de automóviles ha sido foco de polémica desde el momento de su creación en 1937.

martes, 26 de diciembre de 2017

Dian Fossey, la mujer de los gorilas

Sus verdaderos amigos eran los gorilas de montaña; la compañía humana le interesaba poco. Sus allegados la describen como impulsiva y egocéntrica. Hace treinta años fue asesinada la resoluta investigadora Dian Fossey.

lunes, 25 de diciembre de 2017

¿Qué planea Israel en Argentina?

Por Thierry Meyssan
para la Red Voltaire
Publicado el 12 de diciembre de 2017

Las autoridades argentinas ven con inquietud la compra masiva de tierras en la Patagonia por parte de un multimillonario británico y las «vacaciones» de decenas de miles de soldados israelíes en las propiedades de ese acaudalado personaje.

La escasez en la URSS se creó de un modo artificial

Por Valentina Rushnikova
para Pravda  (Rusia) 
Publicado en noviembre de 2011

Hace 20 años los destructores del País de los Soviets consiguieron culminar el golpe de estado y comenzar la restauración del capitalismo en nuestro país. Mucho antes de 1991 ya se había creado y estaba en pleno funcionamiento la “quinta columna”, inculcando progresivamente en la conciencia de la gente el irrespeto por el modo de vida socialista, a menudo originando problemas de un modo artificial. No solo operaba la propaganda antisoviética, que se servía de determinadas dificultades del sistema socialista, también estaba en marcha la actividad saboteadora, oculta hasta ese momento.

Jesus contra el Imperio Romano

Por  Rubén Dri *
para La Opinión Popular 
Publicado el 25 de diciembre de 2011

El anuncio de Jesús sobre la inminencia del Reino de Dios debía necesariamente chocar con el reino establecido y dominante, el imperio romano.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Un cuento de navidad

Alejandro Casona
Aquella noche de diciembre, no era una noche como las demás. El viento de hielo hacia temblar los olivos de Jerusalén a Nazaret, si era el mismo; la nieve que tendía sobre el praderío sus manteles agujereados de charcos, sí era la misma; y también los carámbanos que colgaban sus barbas de enano en los tejados de las chozas. Y, sin embargo, bien claro se veía que no era una noche como las demás; porque en su blancura silenciosa había una íntima tensión, un jadeo impaciente de músicas nunca oídas, un remoto latir de raíces anunciadoras de no se sabe que tremendo y dulcísimo milagro.

Argentina. Diciembres traumáticos

Por Atilio A. Boron*

Diciembre es un mes que, políticamente hablando,  pocas veces trajo buenas noticias para los argentinos. Desde la recuperación de las formas democráticas –que no de la consolidación de una verdadera democracia, tarea aún pendiente- casi invariablemente cada fin de año vino signado por la intensificación de los conflictos sociales y la respuesta represiva de las “fuerzas del orden”.

Carta del General Franklin Lucero al almirante Rojas

Llega a nuestra Redacción gracias a la generosidad de un colega que, como no nos quedó claro si debíamos o no mencionarlo, por ahora lo dejamos en el anonimato. Cuando nos mostró el original, extendido sobre una de las altas mesitas de madera de una librería céntrica de Comodoro donde se puede beber café, ojear un libro y compartir una charla, no teníamos idea de qué texto contenía ese papel amarillento, donde se veía la tipografía de una máquina de escribir -arriesgamos que sería una Smith-Corona portátil-, a un espacio y en tamaño oficio. Pero cuando vimos el destinatario de la carta, que el firmante inicia con: "Tengo el deshonor de dirigirme a quien para su propio castigo de CANALLA, de TRAIDOR, el destino ha querido investirlo de Vice-Presidente (...)", nos enteramos, casi una centuria después, de quién era aquel enano de piel morena al que la comadreja riojana elogió ante su féretro. Pero vamos a ir por más, ya que el texto da pautas que, esperamos, sean todavía rastreables. Léala, porque si no sabía -como nosotros-, empezará a ver el hilo de una madeja tan infame como la que nos ahorco años después de aquella infamia.

viernes, 22 de diciembre de 2017

El último misterio de Eva Perón

Por María Seoane
para Clarín
Publicado el 23 de enero de 2005

En 1955, la dictadura de Aramburu secuestró el cadáver de Evita. Hoy se revela la historia del oficial de inteligencia Hamilton Díaz, que tuvo como misión enterrarla en Italia.

Los últimos adioses de Evita...

Por Felipe Pigna
para Clarín
Publicado el 3 de agosto de 2008

Aquel domingo 2 de diciembre de 1951 amaneció soleado en Buenos Aires; eran los últimos días de una primavera que Evita no había podido ver más que desde los ventanales de su habitación de la residencia. Quería respirar el aire de aquella ciudad a la que había llegado para triunfar hacía casi 16 años. Quería recibir sobre su piel otros rayos menos lacerantes y más vitales. Le pidió a Perón que la llevara a pasear en auto. Los médicos estuvieron de acuerdo en que le haría bien, era uno de esos permisos que se otorgan con la triste duda de que podría ser la última vez. 

Secuestro y desaparición del cadáver de Eva Perón

Por Felipe Pigna
para El Historiador

Como se sabe, la “vida” de Evita no terminó con su muerte. No sólo por la notable persistencia de la memoria sino porque su cuerpo embalsamado fue secuestrado en el primer piso de la CGT por un comando de la llamada “Revolución Libertadora”. La decisión se tomó tras arduos debates sobre qué debía hacerse con el cadáver que incluyeron proposiciones premonitorias, como arrojarla al mar desde un avión de la Marina o incinerar el cadáver. Finalmente se decidió que, ante todo, debía sacársela de la CGT para evitar que el edificio de la calle Azopardo se transformara en un lugar de culto y por lo tanto de reunión de sus fervientes partidarios. Como se le escuchó decir al subsecretario de Trabajo del gobierno golpista: “Mi problema no son los obreros. Mi problema es ‘eso’ que está en el segundo piso de la CGT”. 5

Eva Perón. Un cadáver secuestrado, ultrajado y desterrado

Por Sergio Rubín*
para Clarín
Publicado el 26 de julio de 2002
El cuerpo de Eva Perón, robado de la CGT por la Revolución Libertadora, estuvo casi 16 años oculto. Catorce, en un cementerio de Milán con un nombre falso. En 1971 le fue devuelto a Perón.

La inquisición española ¿mito o realidad?

¿Un mito, la Inquisición española?
Por Carlos Martínez García
para La Jornada (México) 
Publicado el 9 de diciembre de 2015

Sí fue una institución que persiguió, torturó y asesinó, pero –argumentan sus defensores– nada más poquito. De vez en vez resurgen quienes justifican y minimizan los estragos causados por la Santa Inquisición y hasta tratan de convencer de que era un tribunal necesario para preservar el régimen español en el siglo XVI y XVII.

Un déjà vu los proyectos económicos de Yrigoyen y el Congreso

Por Mario Rapoport
para Pagina 12
Publicado el 25 de abril de 2010

Si existen en nuestro pasado gobiernos que han padecido al mismo tiempo, como el actual, el rechazo de la oposición política en el Congreso y el de los grandes medios de difusión de su época no fueron, como podría creerse, los del peronismo, que tuvieron siempre, al menos, el soporte de amplias mayorías legislativas, sino las dos administraciones radicales de Hipólito Yrigoyen.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Argentina. Resistir sí, pero también avanzar

Por Miguel Mazzeo
para Marcha
Publicado el 19 de diciembre de 2017

En contra del clamor popular, ignorando las masivas movilizaciones, pasando por alto el abecé del pragmatismo político, la coalición de derecha que gobierna Argentina (incluida a una buena parte del Partido Justicialista), aprobó una ley que afecta directamente a los sectores más vulnerables de la sociedad. Todo indica que persistirá tozudamente en esa vía. Consumada la contra-reforma previsional, vendrá la contra-reforma tributaria y otras contra-reformas. La ley fue aprobada, además, en un contexto de represión, por momentos desquiciada. ¿Qué futuro puede tener un gobierno que sanciona leyes entre gallos y medianoche, en una atmósfera de gases lacrimógenos, entre balazos de goma y bastonazos, entre patrulleros y carros hidrantes?

Héctor Timerman: Soy un preso político en Argentina

Por Héctor Timerman
para The New York Times
Publicado el 21 de diciembre de 2017


BUENOS AIRES — Escribo estas líneas desde mi casa, a donde me ha confinado el tribunal durante más de una semana. Soy un preso político. Un juez argentino me acusó de traición y del encubrimiento de funcionarios iraníes acusados de ser los autores intelectuales del ataque terrorista de 1994 en contra de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), el principal centro judío de Buenos Aires, en el que fallecieron 85 personas y 300 resultaron heridas. A veintitrés años del ataque, no hay detenidos y se sabe muy poco de los hechos, excepto que sucedieron.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

La Estrella de Miguel Angel

Por Alfredo Leuco
para Pagina 12
Publicado el 21 de diciembre de 2000

 Miguel Angel no es una estrella fugaz de esas que al estilo Pentrelli dicen toco y me voy. Miguel Angel es una de esas estrellas que toca y se queda a vivir para siempre en el corazón de los humildes. Porque anda recorriendo el mundo como parte de una constelación que ilumina la solidaridad con los que menos tienen y con los que más necesitan.

martes, 19 de diciembre de 2017

Miguel Ángel Estrella: "“Me decía ‘te formaron para tocar para nosotros y elegiste la negrada’”

Por Miguel Bonasso
para Pagina 12
Publicado el 12 de octubre de 2003

Es el flamante embajador argentino ante la Unesco, la entidad cultural de la que es hace años embajador de buena voluntad. Sigue en su casa de siempre, “sin creérsela”, tocando el piano. En este diálogo, recuerda sus dos años de prisión y tortura en Montevideo, cuando fue secuestrado, salvó su vida por la presión del mundo, pensó que nunca más podría usar sus manos y un coronel sanguinario le explicó que era “un traidor de clase”.

La increíble trama del primer golpe de la guerrilla urbana en Argentina

Por Ricardo Ragendorfer
para Tiempo Argentino
Publicado el 1 de diciembre de 2013

La policía atribuyó el hecho a la banda del "Nene" Miloro. Este fue limpiado sin miramientos. Después cayeron los verdaderos autores, quienes incursionaban en la lucha armada. Fue el explosivo anticipo de los tiempos por venir.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La colonia británica en América Latina que permaneció escondida durante 100 años

Por suknik (Rusia)
Publicado el 18 de diciembre de 2017

A fines del siglo XIX, enormes extensiones de tierras en la Patagonia fueron cedidas por el Gobierno argentino a sociedades anónimas con sede en Londres, con el supuesto fin de la poblar las tierras. Esa meta nunca se dio y la zona funcionó como una colonia informal bajo control del capital británico, según el investigador argentino Ramón Minieri.

El 18 de diciembre de 1921, en las huelgas patagónicas, fueron fusilados 1500 trabajadores rurales.

 Osvaldo Bayer

La historia no perdona, el tiempo va clarificando indefectiblemente.  


Acabo de volver de Puerto San Julián, la pequeña y nostálgica ciudad patagónica.  



Allí hablamos sobre su historia y me hicieron conocer la iniciativa popular de hacer un homenaje a Albino Argüelles, ya sea con un monumento que lo recuerde o con el nombre de una calle.  

Rosas, la ley de aduanas y el dilema del proteccionismo

Por El Ciudadano
Publicado el 15 de noviembre de 2013

El 18 de diciembre de 1835 Juan Manuel de Rosas en su segundo gobierno promulga la ley de aduanas para proteger las industrias y artesanías de todas las provincias de la Confederación Argentina, fuertemente diezmadas por la competencia de productos manufacturados europeos, especialmente ingleses.

Tres notas sobre La masacre de Jedwabne. Un echo poco conocido de la Segunda Guerra Mundial

Rostros familiares

Por Federico Pavlovsky
para Pagina 12
Publicado el 18 de diciembre de 2017

El 10 de julio de 1941, en un impronunciable pueblo de la Polonia ocupada, Jedwabne, a 190 km de Varsovia, se produjo uno de los hechos más crueles e increíbles que registra la Segunda Guerra Mundial. Durante algunas horas de ese día de verano, un pueblo de 3000 habitantes fue el escenario en donde se desarrolló un asesinato colectivo. Ese día, mil quinientas personas mataron o vieron matar a otras mil seiscientas, éstas últimas de origen judío, y en el exterminio no hubo ninguna distinción entre hombres, mujeres, niños y ancianos. Solo siete personas sobrevivieron al ser salvadas por una familia polaca (el matrimonio Wyrzykowski) que, justamente, por ese acto de solidaridad fue perseguida por años. La historia, tan escalofriante como atroz, fue negada por décadas hasta que el historiador polaco judío Jan T. Gross publicó en el año 2001 el libro, Vecinos: El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne, una publicación que se convirtió en bestseller en Estados Unidos y Polonia, donde desató un debate nacional sin precedentes. El libro se construyó recogiendo el testimonio de las únicas siete personas que sobrevivieron a la masacre, y en los archivos de dos juicios celebrados por las autoridades comunistas en 1949 y 1953. Una de las particularidades de esta masacre es que en la Polonia ocupada por los nazis, los alemanes no ordenaron la matanza ni participaron de ella, tan solo se limitaron a autorizar el devenir de los acontecimientos y sacar fotografías. Un crimen colectivo realizado por una comunidad de vecinos, de individuos “comunes”, en donde la mayoría de los hombres participaron activamente, y el resto observó de forma pasiva pero cómplice. La secuencia fue desvastadora. Con golpes y diversas torturas, todos los judíos fueron arrastrados dentro de un granero, encerrados ahí, para luego prenderles fuego. Sometidos a toda clase de humillaciones, los judíos fueron obligados a realizar actos de feria, ejercicios gimnásticos ridículos, y toda una serie de vejámenes antes de ser ultimados por sus vecinos. A esto le siguió la confiscación de los bienes “abandonados”, el silencio generalizado, y un olvido sistemático y colectivo de lo acontecido. Las personas fueron aniquiladas, pero sus propiedades intactas fueron apropiadas por sus ejecutores. Gross señala que se trató de un asesinato en masa en un doble sentido, por el número de las víctimas y por el número de los verdugos. Los mataron de modo frenético, barbárico, y de múltiples maneras, a unos con herramientas de metal, a otros a cuchilladas, a otros a estacazos.

Uno de los elementos más perturbadores de esta historia es que rompe el arquetipo de monstruo que comete actos inhumanos. Como señala el texto de Gross, en Jedwabne los verdugos fueron unos polacos normales y corrientes. Eran hombres y mujeres de todas las edades, y de las profesiones más diversas. Buenos ciudadanos. Y lo que vieron los judíos, para mayor espanto y desconcierto, lo último que alcanzaron a ver, fueron solo rostros familiares. Vieron a sus propios vecinos devenidos en asesinos voluntarios. Un ejemplo en donde la horda, la furia de una masa resentida que por distintos motivos se contamina con las ideas de diferencia y superioridad, elimina los límites y las responsabilidades individuales.  Distintos informes detallan que los habitantes de Jedwabne de la posguerra sabían perfectamente que los judíos del pueblo habían sido asesinados por sus vecinos durante la guerra, y no por los nazis.

La historia permaneció prácticamente oculta hasta la publicación de Gross (2001) y cobró una mayor difusión gracias al estreno de la extraordinaria película polaca, “Poklosie”, (o “Secuelas” 2012). Escrita y dirigida por Wladyslaw Pasiloski, narra la historia de la matanza y recibió en Polonia severas críticas, amenazas, y un verdadero boicot por parte de sectores nacionalistas polacos que niegan lo ocurrido ahí, y en otros pueblos similares, ya que éste no fue el único caso. Recomiendo leer el reportaje publicado en Página 12, realizado por Luis Bruschtein, a la filósofa y poeta Laura Klein, “Jedwabne, la vergüenza de los polacos”, ya que ella tuvo familiares asesinados en ese pueblo. Así, también,  el artículo de Ana Wajszczuk en el diario La Nación, “La vecindad del mal”.

La historia de Jedwabne representa un acontecimiento testigo de hasta dónde puede llegar un grupo de personas comunes, de rostros amigables y familiares, ante ciertas circunstancias de contagio del odio más visceral, y donde no hay ninguna cabida para la reflexión y la empatía. 

En la obra teatral Potestad, de Eduardo Pavlovsky, un médico conquista al público a través de un relato dramático donde detalla cómo ha sido despojado de su hija. Esta emoción se revierte sorpresivamente en los minutos finales del monólogo, cuando revela su condición de médico apropiador de la dictadura. Por aquel entonces, muchas personas le recriminaron al autor-actor haberle otorgado rasgos tiernos y cálidos al personaje del genocida.

El escritor y maestro del terror Alberto Laiseca decía que los monstruos existen. No se refería, por supuesto, a seres con colmillos, Quasimodos, u hombres-mosca, sino que hablaba más bien del comportamiento de los seres ordinarios, de aquellos que habitan en tantos pueblos lejanos y ciudades cercanas de este mundo, y que pareciera que solo están esperando a que alguien se anime a dar la orden de ataque.

Fuente: pagina12.com.ar

Jedwabne, la vergüenza de los polacos

Por Luis Bruschtein
para Pagina 12
Publicado el 12 de enero de 2001

“Neighbors”, el libro de Ian Gross, se convirtió este año en una verdadera pesadilla para los polacos al revelar que los 1600 judíos del pueblo de Jedwabne habían sido asesinados por sus vecinos. Laura Klein, familiar de las víctimas, fue la única argentina que participó en el acto de mea culpa de las autoridades polacas. Pero no fue para perdonar, sino para acusar.

¿Hacía mucho tiempo que convivían judíos y no judíos en ese pueblito antes de la masacre?
–Cuando Jedwabne surgió en el 1700, el 70 por ciento de la población era judía. En 1930 tenía unas tres mil personas, mitad polacos judíos y mitad polacos no judíos. En 1941 hubo una masacre. Un historiador polaco judío, Ian Gross, la investigó y escribió un libro donde reveló que los judíos de Jedwabne fueron asesinados por sus propios vecinos en 1941, cuando Hitler ocupó esa parte de Polonia. El libro se llama Neighbors (Vecinos) que provocó un verdadero escándalo y se convirtió en un best seller en Estados Unidos y en Polonia. En 1962 habían puesto una placa en lo que queda del cementerio judío del pueblo que decía “en memoria de los judíos asesinados por los nazis”. Pero la verdad se supo a partir de la investigación de Gross, que se basó fundamentalmente en los testimonios de los únicos siete sobrevivientes que se escondieron en una especie de agujero en la tierra, debajo de un campo de papas, gracias a la ayuda de una polaca, Antonina Brzezoski.

–Lo que descubrió Gross fue que no los habían matado los nazis sino los mismos vecinos...
–Sí y que había por lo menos 92 nombres identificados. Todos los adultos del pueblo habían relevado a los nazis de su tarea. Los nazis entraron, hicieron un pogrom terrible ese día y 20 días después optaron por la “solución final”. No sé si había diez o veinte de la Gestapo, eran pocos. Cuando anunciaron esta decisión, los mismos vecinos se propusieron para ejecutarla. Los nazis pidieron que seleccionaran algunas profesiones para no matarlos, pero los vecinos les aseguraron que ellos tenían de  todas las profesiones, que no había necesidad de salvar a nadie. La matanza fue una carnicería. No estaba planteado como un trabajo, sino como una especie de fiesta popular. La muerte de estos judíos fue de las peores de la Shoah. Los hicieron cantar “La guerra es nuestra, la guerra es por nosotros...”, hicieron bailar al rabino llevando una bandera roja... Los fueron matando así; los testimonios son espantosos. Finalmente los metieron en un granero, hombres, mujeres y niños, echaron kerosene y le prendieron fuego. Para los que intentaban escapar, había un tipo con hacha en la puerta. Después, saquearon los cadáveres, las monedas, los dientes, se quedaron con sus casas, sus muebles, todas sus pertenencias. Los nazis les ordenaron que se deshicieran de los cuerpos y, en vez de enterrarlos, los mutilaron y esparcieron los pedazos por el campo.

–Este año, el 10 de julio, al cumplirse el sesenta aniversario de la masacre, hubo un acto en Polonia y usted fue la única familiar de las víctimas que viajó de la Argentina...
–Sí, nos invitaron a participar, pero no podíamos hablar, así que el día anterior organizamos una conferencia de prensa donde leí un texto, conté la historia de mi familia, la forma en que habían sido asesinados. Conté que 35 años más tarde, el país que había sido refugio para la familia de mi madre se había convertido para mí y para muchos de los hijos de esos judíos y para muchos otros hijos en un país de perseguidos y torturados por razones políticas, que fueron “desaparecidos” en nuevos campos de concentración. “Pasados los hechos –leo–, en uno y otro país se habla de perdón y reconciliación. Instituciones políticas y religiosas insisten en esa necesidad. Pero ¿quién pide perdón?, ¿quién lo acepta? El llamado no se dirige a quienes podrían perdonar, los sobrevivientes o familiares. No nos necesitan para la ceremonia de público arrepentimiento. Y sin embargo, este acto de mea culpa en Jedwabne no nos concierne, no para aceptar ni rechazar estas disculpas, sino para decirles que no se metan con las víctimas –nuestros muertos– sino con los victimarios –vuestros propios padres–. A eso he venido, a confirmar esta ausencia de parte, a invitarlos a guardar para vosotros mismos vuestra contrición y vuestra vergüenza”. 

–El acto en el que usted participó formó parte de la intensa polémica que despertó la investigación de Gross...
–A raíz de la investigación de Gross, el presidente polaco decidió hacer un mea culpa y pedir perdón. Esto generó en la sociedad polaca, en los partidos políticos y en la Iglesia, una reacción bastante fuerte y una discusión profunda. Nadie dejó de estar enterado, ni nadie quedó sin ser tocado por esta historia. El Papa había pedido a la Iglesia polaca que participara en los actos oficiales, pero una parte de ella, el cardenal Glemp y otros, plantearon que, si los polacos se debían disculpar con los judíos, éstos tenían que disculparse por los crímenes durante el comunismo. La Iglesia no participó en el acto oficial en Jedwabne, pero hizo un acto unos días antes, oponiéndose a los términos del acto oficial. El antisemitismo es un fuerte componente de la consolidación de la nación polaca. Hay una razón histórica de la Iglesia. Ellos podían tener un héroe de la resistencia, por ejemplo, y que al mismo tiempo fuera antisemita, que para nosotros sería extraño.

–¿Cuando deciden hacer el acto, las autoridades invitaron a los descendientes o familiares de las víctimas?
–Los familiares se organizaron para ir y hubo una invitación oficial. Primero nos dieron siete días en un hotel y, luego, con toda la discusión, los bajaron a dos. Eramos los invitados especiales del gobierno polaco para este acto, al cumplirse 60 años de la masacre. Como la inscripción primera, de 1962, se sacó, la idea era poner otra que dijera: “en memoria de los judíos de Jedwabne y alrededores que fueron brutalmente asesinados y quemados vivos en este sitio, el 10 de julio de 1941. En un solo día, una comunidad judía tres veces centenaria fue completamente destruida. Que esto sea una advertencia para que nunca más el pecado del antisemitismo lleve a los habitantes de esta tierra a ir contra sus vecinos”. Pero los partidos y la Iglesia polaca se resistieron. Walessa dijo que no era serio y acusó a Gross de utilizar recursos retóricos para convencer a la gente. Pidieron que se investigara y empezaron a exhumar los cuerpos. A mí me dio impresión la saña con esos cuerpos, después de la forma en que habían sido asesinados y mutilados, ahora los exhumaban. En el lugar no había nada, ninguna señal, se ubicó por documentos fotográficos.

–¿Sintió odio, compasión, rabia, tristeza, cuando estuvo en Jedwabne?
–Yo quise ir a Polonia y al pueblo. Y cuando llegué me impresionó, a dos o tres cuadras de la plaza central, no había ni pasto, un círculo de piedras y un monumento en el medio, nada, o casi nada. No sentía nada porque no lo podía creer. Y pensé: no hay que creerlo, porque eso hace que lo racionalicemos y lo justifiquemos, simplemente pasó, fue, es. La presencia está en las narraciones, en los testimonios. No hay un lugar o un objeto. El nacionalismo de derecha planteaba que no habían sido vecinos sino elementos asociales, aislados, los que habían hecho la masacre, pero la gente de izquierda decía que había pasado así y lo tomaba como una oportunidad de limpiar la memoria polaca y mejorar la imagen ante Occidente además de convertirlo en un estímulo para combatir el antisemitismo y construir la democracia. No había acuerdo sobre lo que había que hacer. El sistema en Polonia es parlamentarista. O sea que el presidente polaco no tiene demasiada fuerza y la resistencia de estos partidos y de la Iglesia fue muy fuerte. 

–¿Los habitantes del pueblo son descendientes de los que cometieron la masacre o fueron cambiando?
–En parte fueron cambiando, pero la mayoría es descendiente de los que hicieron la masacre y muchos viven en las casas de sus víctimas. Los familiares hicimos la conferencia de prensa el 9 en Varsovia y el 10 fuimos a Jedwabne, en una caravana con el presidente, embajadores, Ian Gross, Antonina Brzezoski y demás. El embajador argentino en Polonia me había recibido muy bien. En Jedwabne iba a haber un kadish, pero hacía sesenta años que no se tocaba música judía. Yo pedí que además se tocara la música que cantaba la gente cuando vivía allí antes de la masacre.Fuimos con un músico, Gary Lucas, bastante conocido en Polonia. Hubo tres discursos, el del presidente polaco, el del embajador de Israel y el de un rabino muy viejito que había nacido allí y vivía en Estados Unidos, que hizo un discurso desastroso. El presidente polaco dijo: “Estamos aquí frente a las víctimas y a los familiares de las víctimas pidiendo perdón y ante nuestra conciencia”. Después dijo: “Les pido perdón a las almas de los muertos y a las familias” y allí estábamos nosotros, pero mudos porque no nos dejaron hablar. Yo estuve discutiendo cinco horas con el ministro del Interior.

–¿Cuántos familiares asistieron al acto y participaron en la conferencia de prensa?
–Seríamos unos 25 familiares. Muchos otros habían decidido no ir porque la inscripción en la placa finalmente se había cambiado a “En memoria de los judíos de Jedwabne y alrededores, hombres, mujeres y niños, habitantes de esta tierra, asesinados y quemados vivos en este sitio el 10 de julio de 1941. Que sea una advertencia para que las futuras generaciones no permitan que el pecado del odio engendrado por el nazismo alemán vuelva a poner a los residentes de esta tierra unos contra otros”. Así, les adjudicaron los crímenes a los nazis, no hablan de los vecinos y tampoco de antisemitismo. Se discutió si hacer un acto en cada país, o un acto en Nueva York. Finalmente hubo algunos que dijeron: “Mi boicot es no ir”, pero la gente no se entera de eso. Yo decidí ir y armamos esa idea de la conferencia de prensa.

–¿Cuantos familiares suyos murieron en Jedwabne?
–Mi madre nació y vivió allí hasta los 12 años y allí fueron asesinados mi tía abuela y sus seis hijos. Ella hubiera querido ir, pero al final no pudo. Yo me encontré allí con la que había sido su íntima amiga en el pueblo, una mujer que ahora vive en Israel. La actitud de los familiares en general no era pasiva. Había de todo. Una señora se me acercó después de que leí el texto en la conferencia de prensa y me dijo: “Yo no vine a pelearme, no quiero que se enojen”. En general ésa era la actitud de los organizadores del acto. Yo les dije que tampoco había ido para pelearme, que había ido para que no escupan sobre los muertos. Sentí que el miedo seguía gobernando ahí, como si nos estuvieran perdonando o dándonos una limosna con esa especie de pedido de disculpas. Yo no quiero perdonar ni que me den limosnas, pero había gente que sentía una especie de agradecimiento, pero eso demostraba en realidad que no creían en el perdón, que era una especie de libertad condicional, una tregua.

–Porque la víctima, además, tiene que ser buena y perdonar...
–Bueno, antes de viajar hice leer el texto a algunas personas. Un intelectual judío, digamos del ala izquierda, me dijo: “Si vas a decirles a los polacos que son culpables, podés tener consecuencias indeseables”. No era así la cosa; ellos me invitaban porque ellos dicen que son culpables y me piden perdón y yo no quiero dárselos. ¿Qué consecuencias indeseables?, que no nos dejen entrar al territorio, a Auschwitz y Treblinka. O te van a tirar un piedrazo.

–¿Quizás la sociedad tiene miedo de la víctima?
–Yo creo que, si esa víctima no deja de estar en el lugar de víctima, genera que lo sigan victimizando. Me acuerdo de Alfonsín cuando decía “va a volver el pasado” y yo había trabajado la idea de la amenaza de muerte como capital, ponés moneda sobre moneda y acumulás un capital enorme y la amenaza de muerte es como un capital y hay un rendimiento enorme. Es una idea cierta de Canetti. La víctima es como un capital simbólico, una especie de amenaza permanente.

–De alguna manera, la víctima siempre tiene que ser buena, porque si no, no es víctima...
–El problema no es la víctima, sino la victimización de la víctima, que es otra cosa. Yo puedo ser víctima de algo, no víctima a secas, ser víctima no es un ser. Siempre me pregunté por qué la mayoría de la intelectualidad judía de izquierda provenía en general de los judíos descendientes de las víctimas del nazismo, del antisemitismo en Europa, Rusia, Hungría, Polonia, Ucrania. Creo que tiene que ver con este lugar de tomar una posta, de moverse de ese lugar del miedo, si me van a matar, que me maten.

–¿Los otros familiares hacían las mismas reflexiones?
–Otra familiar que habló muy fuerte fue Judith Kubran. Los israelíes tenían otra lectura que los yanquis. Su marido leyó lo que yo iba a decir y a la mitad de la página, me agradeció. Allá fui como descendiente de una mujer nacida en Jedwabne donde murieron quemados mi tía abuela y sus hijos. Pero en realidad fui para decir que estoy harta de los homenajes a las víctimas. Que quiero romper el diálogo victimarios-víctimas, no quiero que me pidan perdón y no quiero buscar reconocimiento y no quiero que lo busquemos. Fui a un lugar adonde nadie me conocía y donde seguramente no iba a tener mucho acuerdo con nadie y sin embargo la gente sintió que yo expresaba lo que ellos sentían.

–¿El gobierno polaco pagó también los pasajes?
–No, fue interesante porque yo redacté el texto que decidí leer, se lo mostré a algunos amigos y se formó una especie de red y entre todos juntaron el dinero. Creo que fue por eso, porque en realidad era una intervención poético-política muy fuerte. Hubiera sido más fácil decir que no les creemos o que no los perdonamos, los denunciamos o agradecemos y esperamos que nunca más, que invitarlos a salir de las figuras del Estado y las instituciones y ponerlos en un cuerpo. ¿Por qué pueden decir: “Los polacos fuimos responsables de 1600 muertos?” y no pueden decir: “Mi papá tiró una piedra”. Ni siquiera eso, la inscripción que quedó decía: “Aquí murieron quemados 1600 judíos”.

–Si se quiere ese texto es memoria, pero no es completa. Hasta se diría que es falso por incompleto. ¿La memoria es justicia?
–El embajador de Israel dijo que cuando aparezca toda la verdad en el monumento, porque va a seguir la investigación, se habrá hecho justicia. Pero me pregunto: ¿la verdad es la justicia?, ni siquiera la memoria es la justicia. La tradición judía se basa en la narración no en la memoria. Benjamin decía que los judíos tenían pésima memoria, pero eran muy atentos para escuchar y excelentes narradores. Ahora los judíos se han convertido en excelentes investigadores modernos donde quieren demostrar la verdad de la Shoah. Toda la tradición judía se basa en decir: “Nos echaron de Egipto”. Pero nadie fue a buscar a Egipto las pruebas y nadie les fue a preguntar si ellos lo reconocen. Eso constituye una fortaleza, una identidad, una pertenencia. Ahora se trata de que todos tengan la misma y entonces, bueno, hay que hacer que reconozcan la verdad y que la verdad sea justicia. Yo no quiero la memoria en ese sentido, como un registro para que sea leído dentro de dos mil años. Las víctimas ya dieron sus testimonios con sus huesos, los cabellos, los zapatos, la ocupación de sus casas, el saqueo financiero, entonces que ahora hablen de los victimarios. Fui a Polonia a decirles que no hablen de nosotros, porque cada vez que lo hagan van a justificar la masacre de alguna manera. 

–No de las víctimas y sí de los victimarios, ¿pero de qué manera? 
–Les propuse una especie de oración que leí en la conferencia de prensa: “Y lo contaré a la mañana y a la noche/ cómo mi padre persiguió al judío que cruzó delante de nuestra casa en el otoño del 41/ y lo apedreó primero frente a mi pequeña hermana y a mí, cómo lo vimos caer/ y lo pateó para que riéramos/ y semimuerto lo arrastró al establo central/ donde les prendimos fuego por nuestra propia voluntad/ Y lo contaré a mis hijos y a los hijos de mis hijos/ para que sepan que ese hombre es uno de los nuestros/ y cría a sus hijos y acaricia a sus nietos y se conmueve/ y lo repetiré cada noche, junto a mi mujer, cuando el mundo se acalla/ y no tenga fuerzas para no olvidar./ Los que nacimos tarde para participar/ somos hijos de esos hombres comunes, cobardes asesinos./ De ellos hemos aprendido/ la lengua que hablamos/ y llevamos grabada en el corazón esa herencia/ por eso les decimos a las generaciones venideras que así fueron las cosas/ en Jedwabne, el diez de julio, en 1941/ fuimos polacos los protagonistas en el genocidio judío/ cuando masacramos a cientos/ por nuestra propia voluntad y con nuestras propias manos/ Nosotros, y no los nazis”.

–¿Después de los tres discursos terminó el acto en Jedwabne? 
–Después del acto, fuimos al cementerio. Mi mamá me había preguntado si había un bosque junto al cementerio judío. El cementerio era el bosque que se lo había comido, no había más cementerio. Habían puesto vallas dos días antes y talaron árboles y las lápidas estaban todas revueltas. Mi mamá me había pedido que le llevara unas piedritas de allí para poner en su tumba. Era un cementerio comido por la naturaleza porque no quedaba ni un judío después de la masacre. En la entrada de ese cementerio que ya no existe hay una inscripción recordando a los otros, los que murieron en la masacre y cuyos huesos están desparramados por fuera. Para mí una inscripción en un monumento recuerda el pasado expulsándolo del presente. Les había hecho una propuesta que era quemar el monumento, hacer un acto simbólico de la quema en el lugar del granero. Un amigo me dijo que parecía vandálico, me impresionó mucho que parezca vandálico un acto simbólico y que no lo parezca el acto en sí. Estábamos como invitados especiales y en todo caso estaban hablando de nuestros muertos. Entonces dije que, si había que reparar, nosotros teníamos que decir cómo. Propuse que haya una sinagoga en un pueblo donde no queda ni un judío. Un templo vacío. El dios de los judíos no espera que entre nadie: los polacos son católicos y los de este pueblo han exterminado a los judíos que iban al templo. Entonces, que en este pueblo que ha liquidado a sus vecinos, se alce como un espectro, la casa donde su dios sigue viviendo.

–¿Y qué pasó con esa propuesta?
–Una mujer de la Embajada de Israel me dijo que la idea era muy inquietante, no se trata de estar de acuerdo, me dijo, porque lo tuyo llega al corazón. Y eso es lo que yo quería. No quería que estuvieran de acuerdo o no, sino algo que pasara antes del tamiz de la conciencia. Después me dijo que el embajador quería hacerlo, pero agregarle un centro cultural. No es lo mismo. Yo creo que nadie está carente de todo poder, tenemos el poder de la palabra, tenemos algunos poderes. Ese poder de hacer existir un dios, que además es el mismo dios de ellos y esta oración que yo pongo, es también sagrada escritura para un católico. Quiero un acto que permanezca, una acusación permanente.

¿Por que Laura Klein?.  Hablen de los victimarios

El libro Sasiedzi-Neighbors (Vecinos), de Ian Gross, produjo una furibunda polémica en Polonia, Estados Unidos, Israel y en general en Europa. Más que sobre nazismo o antisemitismo, es un libro sobre la condición humana y, en especial, sobre algunos de sus aspectos más vergonzosos y por lo tanto más silenciados.

Laura Klein, filósofa y poeta de 43 años, estuvo en Jedwabne, el pueblito polaco donde sucedieron los hechos. Fue la única familiar de las víctimas de la masacre de 1941 que viajó de Argentina a Polonia, invitadaa participar en un acto de mea culpa oficial decidido por el presidente de ese país, aunque en realidad su verdadera intención era intervenir en la polémica abierta por Gross. “Nos invitaron para pedirnos perdón y yo fui para decirles que no perdono, que no quiero que hablen más de las víctimas y que, en todo caso, hablen de los victimarios, sus familiares”.

Es como si dijera que no le interesa que sientan culpa, pero que quiere que sientan vergüenza. La culpa, que es un sentimiento “noble”, redime. La vergüenza es un castigo. Los familiares hablarán de las víctimas y sentirán dolor. Los familiares de los victimarios hablarán de sus padres y sentirán vergüenza. Memoria y verdad no son justicia, afirma, tanto para las víctimas del antisemitismo polaco, como para los desaparecidos argentinos.

Fuente: pagina12.com.ar

La vecindad del mal
Por Ana Wajszczuk
para La Nación
Publicado el 17 de julio de 2011

Nuevas investigaciones confirman que los más de 1000 judíos asesinados hace 70 años en lo que seconoció como la masacre de Jedwabne, un pueblo rural de Polonia, no fueron víctimas del nazismo sino de sus propios compatriotas polacos lo que llevó al país a pedir perdón por primera vez.

Jedwabne, 10 de julio de 1941. El sol del verano brillaba con fuerza, casi con ensañamiento sobre la plaza principal de este shtetl -pueblo de mayoría judía- en el extremo Noreste de Polonia, a ciento noventa kilómetros de Varsovia. Un pueblo rural, entre ríos y trigales, apenas cuatro kilómetros cuadrados marcados en el mapa, sin señas particulares si no fuera por un hecho que lo puso en la memoria del horror y permaneció silenciado hasta hace poco tiempo: setenta años atrás, la mitad de los vecinos de Jedwabne asesinó o vio asesinar impertérrita a la otra mitad, más de mil personas de origen judío, bajo el aliento de unos pocos soldados de la gendarmería alemana presentes. La masacre comenzó apenas despuntó el sol, pero se venía preparando hacía días en una creciente ola de humillaciones, asesinatos y rumores de matanzas en pueblos vecinos. Alemania había invadido la Unión Soviética el 22 de junio, quebrando el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin. Jedwabne, incorporado a la Unión Soviética en 1939 y bajo un brutal proceso de sovietización desde entonces, cambió a manos alemanas el día 23. El destino de la mitad de su población, judíos con raíces centenarias en el pueblo, estaba sellado para diecisiete días después.

En la plaza desprovista de árboles, una cadena de brazos no dejaba escapar a centenares de hombres, mujeres y niños judíos reunidos a empujones y amenazas bajo el sol ardiente del verano, apaleados e insultados por sus propios vecinos polacos. Con el alcalde y la gendarmería alemana a la cabeza, armados con hachas, palos con clavos y barras de hierro, sacaron a sus vecinos judíos de sus casas, y persiguieron y asesinando a quienes intentaban escapar. Al final del día, quienes todavía quedaban vivos fueron obligados a marchar con el rabino al frente hasta un granero cerca del cementerio judío, obligados a llevar una estatua de Lenin, obligados a cantar que la guerra era su culpa. El establo se roció con combustible, y más de mil hombres, mujeres y niños fueron quemados vivos. Los gritos y el olor a carne quemada se convirtieron en un recuerdo fantasmal entre los habitantes de Jedwabne y sus descendientes que ocuparon las propiedades de los muertos. No lo olvidarían fácilmente.

Hasta 2001, un monumento de piedra al costado de lo que fuera el cementerio judío recordaba la masacre con esta leyenda: "Sitio de martirologio del pueblo judío. La Gestapo hitleriana y la gendarmería quemaron 1600 personas vivas el 10 de julio de 1941". Sin embargo, la versión no oficial que susurraban entre sí los habitantes de Jedwabne decía otra cosa. Otra cosa era también lo que contaban los sobrevivientes, no más de un puñado, que habían escapado en su mayoría el día anterior a la matanza. "Desde la noche anterior los polacos bebían y festejaban en la calle, los perros lloraban. No fueron los alemanes: fueron ellos", cuenta también Bernardo Olszewicz, ochenta y cinco años, sentado muy derecho en el living de la casa de su hija en Flores, Buenos Aires. En 1941 tenía quince años, hoy es uno de los pocos sobrevivientes de la masacre, y recuerda.


Debate nacional

En 2001, un libro publicado en Estados Unidos y seguidamente en Polonia expuso a la luz pública los hechos ocultos tras el monumento de Jedwabne. Jan Tomasz Gross, sociólogo e investigador de origen judío-polaco, profesor de historia en la universidad de Princeton, lanzó una pequeña bomba que iba a explotar en Polonia: Vecinos. El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne . Gross, basándose en testimonios de sobrevivientes y en los archivos de dos juicios celebrados por las autoridades comunistas en 1949 y 1953 -juicios polémicos, con denuncias de torturas , y donde casi no hubo condenados- reconstruía la matanza de Jedwabne y demostraba que, a pesar de la supervisión alemana, la masacre había sido llevada a cabo por los mismos vecinos. El libro fue finalista del National Book Award y en Polonia despertó un debate nacional sin precedentes sobre un tema tabú: las complejas relaciones polaco-judías durante la guerra. Hubo una ola de discusiones sobre la responsabilidad colectiva, ensayos y libros a favor y en contra del trabajo de Gross. Algunos historiadores, en especial de la derecha católica -que, al contrario de lo que sucedió en el resto de la Europa ocupada, participó activamente en la resistencia, incluso salvando judíos-, no tardaron en acusar a Gross de falta de rigor histórico; diferentes voces, del periodismo a la Iglesia, minimizaron la investigación y atribuyeron la masacre a bandidos comunes, a los nazis, o a algunos habitantes de Jedwabne forzados por ellos.

"No alcemos la voz sobre esta tumba", dijo el ex presidente Lech Walesa. Periodistas y documentalistas se acercaron a Jedwabne y fueron recibidos con hostilidad por la mayoría de la población local. El Instituto para la Memoria Nacional inició una investigación judicial en Jedwabne que concluyó en 2004 y apoyó parcialmente las conclusiones de Gross sobre la participación polaca, aunque "no pudo establecer" la cantidad de muertos y el grado de participación de las SS el día de la matanza. Nadie forzó a los vecinos de Jedwabne, sostiene Gross. Hoy día, en el sitio web del pueblo se puede leer una larga explicación sobre los sufrimientos de sus habitantes durante la ocupación soviética entre 1939 y 1941 y la "colaboración judía" con el invasor. De la masacre de Jedwabne, de su memorial o del 70° aniversario de la tragedia, no dice una sola palabra.

El primer signo de que las cosas no iban bien se manifestó apenas Jedwabne pasó a manos alemanas: el marido de Fejge, la hermana de Bernardo, fue asesinado. Después empezaron los rumores. "Todos sabían lo que iba a suceder: mañana van a matar a los judíos, nos decían los chicos del colegio, pero nadie se imaginaba en qué forma, nadie lo creía", rememora Bernardo, que en julio de 1941 todavía se llamaba Berek y era el menor de cuatro hermanos. Al atardecer de la víspera de la matanza, Berek escapó a pie hacia al ghetto de ?omza, a veinte kilómetros, junto con su padre, la familia todavía indecisa entre abandonar su hogar o irse de Jedwabne. "Papá, volvamos", suplicó Berek. Regresaron, y esa noche nadie durmió en casa de los Olszewicz. "A las tres de la mañana con papá nos volvimos a ir", recuerda Bernardo. "Era más seguro estar dentro del ghetto que fuera. Mamá y Fejge, que tenía un bebé de seis meses y no podían esconderse, nos siguieron". Su hermano David había partido meses antes a estudiar a Rusia. Mietek, el hermano mayor, decidió quedarse a cuidar la casa y se escondió en el cuarto de los trastos dejando la puerta abierta para hacer creer que todos habían huido: "El escuchó el llanto de los que eran quemados vivos. Mataron a todos, no querían testigos. Por la noche se arrastró por los campos hasta Lomza". Un año y medio después, cuando los nazis cercaron el ghetto, Berek tomó a su madre y a su hermana y las sacó por un agujero en los alambres de púa para llevarlas a la casa de unos vecinos católicos. "Acordate de que tuviste una hermana", le dijo Fejge, con su bebé en brazos. Su madre le suplicó que permanecieran, él y Mietek, siempre juntos. Su padre ese día estaba haciendo trabajo forzado para los nazis. "Me escapé al bosque junto con otros chicos, pero volví a buscar a mi mamá, porque pensaba: si voy a morir, voy a morir junto a ellos". Pero nunca volvió a saber nada de ninguno: alguien le dijo que los habían llevado a Auschwitz junto al resto de los judíos de Lomza. Vagando por bosques a treinta grados bajo cero, Berek logró dar con Mietek -quien había escapado a la deportación oculto en un sótano- y juntos pasaron los meses siguientes enterrados vivos a cuatro kilómetros de Jedwabne, en un agujero "del tamaño de un pozo de cementerio" bajo el establo de la granja de los Wyrzykowski, un matrimonio católico que los escondió a ellos y a Elsa, novia de Mietek, así como a otra pareja de amigos de Jedwabne y a dos hombres más de pueblos vecinos donde también habían ocurrido matanzas. Uno de ellos era Szmul Wasersztajn, cuyo testimonio fue central en la investigación que muchos años después haría Jan Gross sobre la masacre. "Una vez al día -cuenta Bernardo-, Antosia Wyrzykowska nos traía papas y un poco de agua, y así vivimos hasta 1945. Al salir, tuve que aprender a caminar de nuevo. Dos veces los nazis estuvieron a punto de descubrirnos. ¿Si tuve miedo? No, un chico no cree en la muerte, tiene voluntad. ?A mí me van a matar corriendo', dije, ?yo no me voy a entregar'. Cuando terminó la guerra, el antisemitismo seguía siendo costumbre y mataban judíos por todos lados. Nos fuimos a Checoslovaquia y luego a Italia".

Allí dejó a Mietek y Elsa para irse a Israel, donde por su edad fue obligado a pelear en el ejército contra los ingleses y los árabes. Mietek le escribió para contarle que se iba a la Argentina, ese país tan lejano donde, recordaba, una tía se había establecido en 1925. Berek, cansado de tanta guerra, llegó a Buenos Aires en 1951, armó un pequeño taller de ropa industrial en Paternal, donde todavía vive, y se convirtió en el soporte de su hermano mayor, que aquí se llamó Mauricio y falleció en 2007. Bernardo se casó con Lidia, una chica de Hebraica, tuvieron dos hijos que para su orgullo "se convirtieron en profesionales", y cuatro nietos. Hace pocos meses, lo contactaron desde Siberia: era el hijo de David, el hermano que había emigrado a Rusia y de quien no había tenido nunca más noticias. "Me llamo Boris en su honor", le contó el sobrino en una carta mal traducida al español. David había muerto en 2008 pensando que toda su familia había sido asesinada en Jedwabne.

Los hijos y nietos de Bernardo saben que nacieron gracias a los Wyrzykowski, reconocidos como Justos entre las Naciones. Antosia hoy tiene 92 años y volvió a Polonia, después de que otros sobrevivientes del pozo la llevaran consigo a Estados Unidos. Bernardo nunca quiso volver. "Yo a veces digo: te perdono", murmura a los fantasmas de su pasado. "Pero la verdad, yo la sé". Y agrega que todo lo que cuenta es, apenas, el uno por ciento de lo que ha vivido, porque si tuviera que acordarse de todo, no estaría hablando hoy acá, ante las lágrimas de sus hijos y la mirada celeste de su nieta de ocho años.

¿Es posible ser a la vez víctima y verdugo?, pregunta Gross en su libro. Vecinos quebró lo que la activista católica Hanna Bortnowka llamó el "paradigma de la inocencia" en Polonia, donde el simbolismo del martirologio colectivo incluía la certeza de que el antisemitismo arraigado en la sociedad no tenía nada que ver con el exterminio de los judíos bajo la ocupación nazi. Esta cronista, nieta de polacos católicos prisioneros en Siberia, pudo constatar que para sus abuelos, como para muchos otros polacos, la verdadera maldición fueron los soviéticos, y por extensión sus amigos, los judíos. Una hostilidad que en el documental The Legacy of Jedwabne (2005), del director polaco Slawomir Grunberg, es también palpable en los vecinos del pueblo durante la ceremonia por el 60° aniversario de la masacre, en medio de la controversia por el libro de Gross y por la leyenda del memorial, que las autoridades habían prometido reemplazar por uno que mencionara la participación de los polacos en la matanza. El presidente de Polonia viajó al pueblo y por primera vez hubo un reconocimiento oficial de la culpabilidad de los polacos ante una treintena de familiares de las víctimas llegados de todas partes del mundo. Pero la frase del monumento que se inauguró decía, escuetamente: "Aquí fueron quemados vivos los 1600 judíos de Jedwabne".

Entre los familiares estaba la filósofa y escritora argentina Laura Klein, quien todavía recuerda los panfletos y pasacalles colgados en Jedwabne el día de la ceremonia, en los que se tildaba de mentira lo denunciado por Gross. La madre de Klein había dejado el pueblo a finales de los años 30, por eso se salvó de la masacre, pero en el granero murieron otros familiares suyos. En la conferencia de prensa convocada en Varsovia por los familiares -que no pudieron hablar en el acto-, Klein leyó un texto de su autoría, llamado "Perdonaos a vosotros mismos": "No os metáis con las víctimas -nuestros muertos- sino con los victimarios-vuestros propios padres-. A eso he venido, a confirmar esta ausencia de parte, a invitaros a guardar para vosotros mismos vuestra contrición y vuestra vergüenza".

Hace pocos días, se conmemoró el 70° aniversario de la masacre con otro acto, donde por primera vez participó un obispo y se leyó una carta del actual presidente, Bronislaw Komorowski, rogando "una vez más, perdón". El alcalde del pueblo no se presentó: el anterior se había visto obligado a renunciar después de apoyar el acto de diez años atrás. Los habitantes de Jedwabne, una vez más, miraron de lejos. Quizá porque la pregunta que nos hacen todos los momentos históricos donde el desmoronamiento moral arrasa con las cuestiones de conciencia sigue siendo demasiado controvertida: ¿Qué hubiera hecho uno de estar en ese lugar?

"El nazismo puso a una categoría de víctimas en contra de la otra"

Vecinos no fue el único libro de Jan T. Gross (Varsovia, 1947) en provocar una polémica en su país natal. En 2006, su investigación Miedo. Antisemitismo en Polonia después de Auschwitz había contribuido al debate. Focalizado en los pogromos contra judíos una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Gross estima que, de los más de 200 mil que regresaron a Polonia, unos 3000 fueron asesinados. En 2008, las autoridades judiciales polacas leyeron Miedo a la luz del artículo 132 de su Código Penal, que castigaba hasta con tres años de prisión a quienes "públicamente calumniaran a la nación polaca como partícipe, organizadora o responsable de los crímenes nazis o comunistas". Un artículo que incluso fue llamado en broma "Ley Gross", ya que se creó después de la polémica por Vecinos. Los fiscales se rehusaron a iniciar una investigación y más tarde el artículo fue vetado como anticonstitucional. Gross acaba de publicar otro libro irritante para el statu quo polaco: Cosecha Dorada , sobre el enriquecimiento a expensas de los judíos asesinados durante el Holocausto.

-¿Por qué cree que en Polonia no hay un sentido de responsabilidad colectiva por estos crímenes, sin perjuicio de que sea innegable que los polacos también fueron víctimas del nazismo?

–En Polonia, la narrativa principal sobre las experiencias de la Guerra es la victimización, y es correcta, porque la ocupación nazi fue extraordinariamente brutal, especialmente en los países eslavos. Los trataron como a esclavos, para la escala racial nazi eran Untermensch , subhumanos. Y los judíos estaban en el escalón más bajo. El nazismo logró poner a una categoría de víctimas en contra de la otra, apoyado en un antisemitismo tradicional en Polonia, y por eso su incentivo a cometer actos como los de Jedwabne funcionó. Esto evidentemente no cuadra con la narrativa heroica de los polacos, que es también cierta: la resistencia fue más elaborada y compleja que cualquier otra en la Europa bajo la ocupación. ¿Cómo compatibilizar esta narración de la resistencia con el hecho de que, cuando los nazis de alguna manera "invitaron" a la población a sumarse a la expoliación de los judíos, la población se sumó, incluso hasta ocasionalmente asesinándolos? Es muy difícil de admitir. Por otro lado, hay que reconocer que Polonia es el único país de Europa del Este en aceptar esta discusión. La población de otros países del Este se comportó con sus judíos de manera parecida o incluso peor, y allí no hay una intervención historiográfica para discutir esta cuestión.

-¿Qué reflexión le inspira el 70° aniversario de la masacre de Jedwabne?

-Polonia es muy diferente ahora que hace diez años, creo que hay mayor conciencia entre los historiadores, pero también en otros segmentos de la sociedad, de que las relaciones entre polacos y judíos durante la Segunda Guerra no fueron lo que deberían haber sido. No hay mucho más que hacer, excepto reflexionar y guardar algún tipo de luto por la muerte de tantos compatriotas que nunca tuvieron un duelo apropiado. Y espero que, a medida que historias como ésta salgan a la luz y sean mejor entendidas, sean reconocidas como parte central de la historia polaca: no como algo que les pasó "a los judíos", sino a toda la población.

Fuente: lanacion.com.a